miércoles, 30 de marzo de 2016

Ver, oír y callar

Es muy difícil sobrevivir en ambientes tóxicos, existe una delgada línea entre lo correcto y engancharte con el medio.

Mi lugar de trabajo se caracteriza por ser así, fuente de negatividad, de crítica constante, de envidias, como aquella olla con cangrejos que con las tenazas bajan al que está por librarse de ser cocinado.

Día a día es una lucha constante de medusas de tantas cabezas que entre serpientes y cascabeles se pierde la gente. Vapores fétidos que terminan por infectarte. 

Desgastante y envejece sor en todos los sentidos. Este veneno es tan fuerte que es capaz de transformarte, de 8 a 3 pm, en el ser más despreciable e indolente del mundo. ¿Has visto a un burócrata? He allí el vivo ejemplo de un muerto viviente, de una víctima del veneno.

Para sobrevivir en este medio hay que ver, oír y callar. Aunque a veces no involucrarte sea lo más difícil del mundo. 

Ver, oír y callar, el aura protectora, el escudo fuerte contra los males que acechan tu ser.

Ver, oír y callar... ¡Sacúdete! ¡Sal corriendo!


viernes, 19 de febrero de 2016

Vecinos

Vivir en pareja implica tomar riesgos, conocer las manías y costumbres del otro, emocionarse por darle calor de hogar a ese techo en el cual nos refugiamos, conocer el entorno y también, lidiar con los vecinos. Compartir el espacio de vivienda en esta ciudad no sólo poner aprueba la tolerancia del ser humano, también sirve para ser sociólogos en potencia.

Cuando llegamos a este lugar, fuimos testigos de una lucha de poderes. Nos recibió el olor a pintura fresca del tono color chocolate que le estaban dando a los escalones de cemento del edificio, los gritos y quejas de dos vecinas que decían no soportar esas ridiculeces y mucho menos estar conformes con esa arbitraria decisión y que fueron acompañados unos segundos después por los gritos de la que se dice administradora del lugar. Mi casera en ese momento se disculpó con nosotros y nos abrió la puerta de nuestro nuevo hogar. Bienvenidos pues, pásenle a lo barrido.

Al paso de los días, esos sesenta metros con paredes en blanco nos veían comenzar emocionados a darle forma a nuestro hogar. Poco a poco nos fuimos encontrando en nuestra rutina y conociendo a nuestros vecinos. Buenos días para una mujer de baja estatura que sonríe alegre y que siempre tiene prisa, buenas tardes a mi vecina de a lado cuya cara de pocos amigos combina con aquella actitud nefasta de la discusión del primer día, disculpe con permiso, para aquella mujer de semblante triste que todas las tardes sale a fumarse un par de cigarros sentada en la escalera mientras escudriña su celular.

Y un buen día, un pequeño golpe a un auto rojo estacionado junto al nuestro nos puso en la mira de la administradora. Su auto fue el afectado. Bendita puntería.

Después de dejarle una nota y al recibir su llamada, mi amado chocacoches se presentó con esta mujer de voz aguardientosa y que transpira tabaco por todos los poros de su ser para arreglar el incidente. La administradora recibió el dinero pactado sugiriendo que probablemente faltaría dinero pero que no nos preocupáramos ya que ella desde el fondo de su noble corazón (y de su bolsillo) pondrían el faltante. 

Mi compañero ya lo sabía, esa mujer es de aquellas que buscan beneficiarse de todo y a costa de todos. Lo que se ve no se juzga. Y no se concretó en cerrar el trato, también quiso interrogar al nuevo vecino sobre nuestra vida familiar y aprovechó para contar los detalles truculentos de todos en el edificio.

Habló sobre nuestro vecino de enfrente, un borracho golpeador, decía. Tiene una familia horrible y todo el tiempo se la pasa haciendo desfiguros, dijo. Dio detalles de alguien más y antes de despedirse pidió el dinero del mantenimiento y prometió entregarnos la llave de la azotea para subir a llenar el tanque de gas cuando fuera necesario. Hace casi un año de eso y todavía cuando la encontramos en el pasillo dice que ya casi la tiene. Seguro es de importación o de manufactura artesanal porque cada vez que subo, la reja está abierta y ella sólo se asoma por su ventana para ver quién anda allí.

Lo cierto es que en el transcurso de estos meses hemos descubierto que el vecino borracho sólo se ha puesto impertinente dos veces pero que tiene una voz que se escucha a tres kilómetros a la redonda, habla bajito pues. Su mujer no es horrible, solo se expresa como carretonera y cuando se enoja ni su marido dice pío, fina ella. 

Aprendimos que mi vecina de a lado tiene un esposo villamelón al que le encantan el fútbol americano y que entona con fervor el himno nacional cuando enciende el televisor y se está transmitiendo algún deporte, que le gusta la música de los ochentas y que cuando ella no está, saca al artista que lleva dentro poniendo el karaoke a todo volúmen.

Descubrimos que los gritos que se escuchan a media noche no eran otros sino los maullidos de una gata en celo que tiene amoríos con otro gato pardo dos edificios abajo, y que definitivamente mi vecino de arriba sí tiene una vida sexual muy activa lo cual resulta muy bizarro ya que en el departamento contiguo viven cuatro chicos mormones que no imagino qué cara pondrán cuando comienzan las olimpiadas del amor. Santo, santo, santo. 

Yo no sé qué opinión tendrán nuestros vecinos de nosotros. Yo no tengo queja alguna, porque a pesar de ser todos tan distintos, nadie se ha metido con nadie, y de situaciones embarazosas no hemos pasado. ¡Vaya que somos una fauna muy variada!

Agradezco que las veces que hemos necesitado ayuda una mano solidaria siempre ha aparecido, y que hoy estos meses de convivencia en condominio me dan para escribir. 

Definitivamente ha sido una buena aventura, y espero que siga así mientras este pequeño lugar siga llamándose nuestro hogar.



miércoles, 21 de octubre de 2015

Empatía

Hace unos cuantos días mi mamá me dio una lección de humildad, de compasión y me mostró cuán grande es su corazón.

Una mujer muy humilde abordó el vagón del metro en que nosotras viajábamos y se paró junto a nosotras. Como siempre, como a todos, por un momento me pareció invisible y seguí conversando con mi mamá. El ruido del túnel hace difícil las pláticas así que traté de pegarme a mi madre en lo que llegábamos a la siguiente estación. 

En ese momento todo a mi alrededor volvió a aparecer, incluso aquella mujer pequeña cuyos ojos bañados en lágrimas luchaban por contener su sentimiento. 

Al mirarla no supe cómo reaccionar, incluso puedo decir que me sentí incómoda al presenciar su dolor. Mi corazón se estrujó. El convoy avanzo de nuevo, aparté mis ojos por un momento de ella y continúe con la charla. 

En un instante sentí sollozar más fuerte a la mujer, como queriendo ahogar su dolor mientras el ruido del túnel se lo permitiera. De nuevo esa punzada en el estómago, sin saber qué hacer por ella, sin saber si era correcto preguntarle por su sufrir, qué tal que se sentía ofendida, o tal vez me contaba, la moneda estaba en el aire.

Toda es marea de pensamientos revoloteaban en mi cabeza cuando, al levantar mis ojos hacia ella, vi la mano de mi mamá sobre su brazo. 

Un simple apapacho hizo que el corazón de esa mujer sintiera el calor humano. Esa mano liberó el llanto que por ratos venía luchando con ella. Ese contacto silencioso le decía que todo estaría bien, que no estaba sola. 

Llegamos al final del recorrido. Mi mamá se puso en pie, tomó del brazo a la mujer y descendimos del convoy. Ya en el andén, la abrazó fuerte y le dijo: Dios está contigo, todo va a estar bien. La mujer se refugió en su pecho y lloró con más fuerza. 

Ya un poco más calmada nos contó su historia, su hijo está en la cárcel encarando un juicio del que sólo ha salido dinero de sus bolsillos, pruebas falsas y acusaciones ficticias. Ella jura que es inocente. 

La falta de recursos económicos, un abogado que la estafó, una nueva abogada que revisa el caso y que le dice que ya no hay nada por hacer es lo que la tiene tan triste, tan desesperada. Sus palabras cargan tanta desolación que me hacen un nudo en la garganta. 

Y allí está ella, mi madre, abrazándola y tratando de hacerla sentir mejor, repitiéndole que por muy gris que sea el panorama siempre hay esperanza.

La tomamos de la mano y la reconfortamos unos minutos más. La mujer se calma y trata de buscarle sentido a su paso. Camina hacia la salida y nos agradece las palabras, el tiempo que nos tomamos para escucharla y nuestro buen corazón. Nosotras hacemos lo propio. 

Ese día me sentí muy orgullosa de mi madre, por tener esa empatía con aquella mujer. Porque su nobleza es grande.

Mientras en el vagón todos iban ocupados con su celular, mirando hacia cualquier parte, la indiferencia que mostramos hacia nuestros semejantes cada día es más dura, se respira. Ella no, ella fue ese ángel en la vida de esa mujer.

Y no es que me vanaglorie por lo sucedido, al contrario, para mi fue una lección grande. Mi madre restaura mi fe en la humanidad demostrando con una simple palmada en un brazo que todo estará bien, que hay alguien allí que entiende mi pesar, que todos necesitamos de todos y que, por favor, ya deje mi celular.

There's (more) life out there!