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domingo, 6 de septiembre de 2009

Lluvia y carretera

Nuevamente es mi cómplice, desde su fría presentación es intermediaria entre el paisaje y mi asiento.

Al salir de la estación, se muestra huraña conmigo. Ella no es como aquella de la que te platiqué alguna vez, con la que un movimiento de cabeza hace que la magia aparezca, no, a esta la tengo que conquistar. Me acomodo, la observo, suspiro y la acaricio lentamente hasta recorrer un poco su vestidura. Ella asiente y me hace partícipe de la belleza exterior.

Mis ojos se llenan de los colores del campo, los verdes maizales, los animales pastando, el cielo a veces azul, a veces gris, todo depende de cuántas frases se reúnan en las nubes hasta formar una cascada interminable de oraciones que cubren el piso con sus refrescantes ideas.

Poco a poco, mi presencia escucha las palabras del cielo, de las nubes su conversación. Son ellas las que me hablan explicándome el por qué escogieron ese sitio, en medio de la pradera, donde su prosa y su verso calmarán la sed de la tierra que las aclama.

Sin embargo, mis pies no están destinados a permanecer mucho tiempo admirando esa conversación. Mi rumbo tiene destino y hacia allá me dirijo. Poco a poco me alejo, escuchando el eco de esas voces que continúan alimentando el polvo de la tierra mientras a lo lejos, una nueva nube me observa.

lunes, 27 de julio de 2009

¡Chelas!













Es domingo de futbol, en la casa o el lugar dispuesto, todo está listo para disfrutar del encuentro. Sobre la mesa de la sala están la botana, las salsas, el queso, ¿Y de beber? ¡Chelas!

Se organiza la reunión con los cuates de la oficina. Dos llamadas para confirmar o un mail poniendo en duda la preferencia sexual de uno de los asistentes con tal de que se anime a ir y listo. La cita, el ambiente (aunque todos sean bugas), las alitas Chernobil, ¿Y de beber? ¡Chelas!

Las amigas andan a tono, las emociones a flor de piel. ¡Yo pongo mi casa! Todas dicen que sí y hacen la coperacha, algo barato pero que no nos haga perder el estilo. Llegan a un Oxxo y lo primero que piden...¡Chelas!

Siempre habrá un pretexto para comprar cerveza, para disfrutarla "bien helodia o casi muerta".

Quien diga que beber whisky es lo máximo y más si es de una sola malta (ejem, abeto), permítame decirle que la cerveza también se equipara, es más, lo supera.

Profundizando en la manufactura de la cerveza, encontraremos que sin la flor de lúpulo, usada en el proceso de ebullición, el Wort o masa en ebullición podría usarse para destilar whisky... Para que me entienda no es nada complicado, brínquese un paso y obtiene whisky, agregue flores y obtiene cerveza, interesante ¿no?

Además del magnífico proceso de elaboración, el arte de tomar cerveza también lo constituye el maridaje. Esta bebida es buena compañera con casi toda la comida pero si de refinar el gusto se trata, se recomienda cerveza oscura con carnes rojas, por ejemplo.

Beber de este extracto de la cebada se puede mezclar con lo que a usted más le plazca. La variante más famosa es con limón y sal en un tarro escarchado; algunos más intrépidos le agregan jugo maggi y hasta salsa tabasco.

En México el consumo de cerveza es alto principalmente en la costa. Ahí, dicen, no se siente tanto calor si se toma una bien fría.

Y así como hay diferencia entre una michelada, una chelada y una cubana, tenga cuidado a la hora de pedirla. En algunos estados del país invierten los nombres. Aquí le pongo la lista, que, con mucho sacrificio he venido acuñando gracias a la experiencia obtenida en algunas travesías y enriquecida con la colaboración de algunos amigos.

En Mérida y Veracruz: Chelada es con limón y sal, michelada con jugo maggi.

En el DF: Al pan, pan y a la michelada con limón y sal, cubana con jugo maggi.

En Morelos: Michelada va con salsa, la Cubana es limón y sal.

En Guadalajara: Michelada con salsa, Chelada normal

En Oaxaca: fíjese usted, ésta es la más interesante. Un suero es cerveza limón y sal (definitivamente tienen toda la razón), una michelada es con salsa, limón y sal.


¿Aprendió? No se preocupe, use esta lista como tumba burros en su próximo viaje que, al ordenar su bebida preferida, además de disfrutarla le encontrará un nuevo sentido a su existencia.

En sus terruños ¿cómo la pide?

martes, 16 de junio de 2009

Al Azteca!!

He de confesar que me gusta el futbol. No me considero una persona fanática ni experta en la materia, sin embargo la habilidad que demuestran los jugadores en la cancha, el taco de ojo, etc. resultan un buen pretexto para olvidarse del estrés. Así que, el miércoles pasado me dirigí al Estadio Azteca para ver, por primera vez, un partido de la Selección Mexicana frente a su símil de Trinidad y Tobago.

Llegar al estadio resulta de lo más interesante. Durante mi trayecto por la línea 2 del metro (la azul for dummies) fueron pocos los indicios de gente que asistiría al partido. Ya saben, el típico personaje visitiendo el jersey de la selección. Al llegar a la estación Taxqueña, allí fue donde quién sabe de qué parte, salieron muchísimos verdes encaminándose hacia el tren ligero.

La organización me sorprendió. Con altavoces en las taquillas del tren ligero, los policías sugerían a los pasajeros comprar su boleto redondo para evitar tumultos a la hora del regreso además de prevenir una falta de los mismos. Nosotros, elamorquetengo y yo, muy obedientes hicimos lo que nos indicaban.

Al descender, justo cuando comenzaba a subir las escaleras de salida, me encontré con Azul, un compañero de la carrera quien acudía al lugar con su nueva novia. -¡Qué chiquito es el vagón del tren ligero!, me saludó.

Ya a la entrada del estadio, una llamada fue suficiente para localizar al resto de los cuates y dirigirnos hacia el nivel 3, poniente 60 que nos indicaba la ubicación de quienes llegaron muy temprano para apartar lugar.

Mientras sufría el doble manoseo de una doble revisión, pude observar a la variedad de personas que acuden al lugar. Los hay desde niños nice, los vive-come-sueña-futbol, las familias aficionadas, las bellezas autóctonas, y los autóctonos que no son bellezas pero cómo llaman la atención.

Los disfraces no se hicieron esperar. Desde pelucas, las banderas pintadas en los rostros de grandes y chicos, hasta uno con penacho y la bandera de taparabos apareció en el lugar. Y eso fue en una sola de las entradas, ya me imagino qué pude haber encontrado en las demás.

Por fin, después de mucho esperar, los cuates llegaron y todos acomodados esperábamos la hora del silbatazo inicial. Queríamos apasionarnos como nunca y celebrar a todo pulmón un gol de nuestra selección. Y así fue, a los primeros minutos del encuentro, se dió: El gol más simple del mundo (bueno, así se aprecia desde gayola) pero que fue el detonante para participar del colectivo gritándole ¡Puto! al portero visitante cada vez que despejaba un balón o hacer vibrar el piso del estadio esperando la ola comenzada en el otro extremo del lugar.

Nunca imaginé que mi piel se erizaría tanto al escuchar las notas del himno nacional como sucedió aquella noche...

La selección tuvo todo para dar un buen partido y le faltó. Yo obtuve una anécdota más para contar y otra para el baúl de los recuerdos al lado de mis cómplices. Definitivamente repetiría la experiencia, pero esta vez que sea en suelo internacional.









lunes, 1 de junio de 2009

Boda de Pueblo

Tepetlaoxtoc es una pequeña población que está ubicada a 40 minutos del municipio de Texcoco en el Estado de México.
La iglesia que forma parte del pequeño centro del lugar, fue escenario para la película "El Crimen del Padre Amaro", en esta ocasión también lo fue para la Diplowedding. Un evento del cual veníamos hablando por poco más de 2 meses en los que la rápida organización de la novia, nos dejó asombrados y aún más cuando llegamos a la fiesta.

Con todo el glamour que habíamos designado para ese día, Wamba, Paulin, Hugo y yo nos dirigimos hasta el poblado sin contar con el intenso calor que ese día hizo que el peinado de salón nos durara 15 minutos.

Al llegar al lugar tuvimos tiempo de aprovecharnos del atrio de la iglesia pues con una hora de anticipación, casi nos dió tiempo de arreglar hasta la alfombra roja. Una foto aquí, una foto allá, la representación del "Bendito" (canto entonado por la mujer de voz rasposa en la película) me aventé... en fin, dí show a mis acompañantes.

La hora se avecinaba y la gente comenzó a llegar. Al subir la escalera, nos encontramos con José, el "groom to be" más nervioso que nada. La mano le temblaba, le sudaba y no soltaba el teléfono pues su amada no aparecía. Todavía era buena hora, pero a él ya se le cocían las habas.

Finalmente la novia llegó. Seguida de su cortejo y del brazo de su hermano quien la entregaría en el altar. Poco a poco la gente se arremolinó detrás de los novios para armar el cortejo y poder entrar a la iglesia pues la ceremonia estaba por iniciar.

La iglesia es preciosa. El coro cantó junto a ellos, y la estrella de la cámara fue el papá de una de nuestras profesoras del diplomado, el señor Rafael Castellanos, quien es fotógrafo profesional, se lució haciendo gala de su don. Click aquí, click allá... de repente se suponía llegaba la hora donde preguntan si acaso hay algún impedimento... pues no... esa parte se omitió.

Lo que sí llegó fue un espontáneo. Haciendo gala de su peludo cuerpo y sus escasos kilos, un perro entró por la puerta grande, husmeó en toda la alfombra y decidió echarse la siesta de la tarde justo enmedio del pasillo, a unos cuantos metros de los novios. Vaya usted a saber de quién era ese perro, lo que sí es que arrancó muchas risitas de los asistentes así como flashes para recordar tan simpática desición. Eso sí, nomás escuchó a los de su especie afuera de la iglesia, y se despertó para ir a buscarlos.

Las bodas de pueblo se caracterizan por ser multitudinarias y esta no fue la excepción. La novia calculaba llegar a las 1200 personas... le falló, llegaron 1500. Y uno puede preguntarse, cómo es posible atender a tanta gente... Muy sencillo, aquí lo que sobra es organización y manos que trabajan.

La familia del novio está acostumbrada a servir tandas de gente. Cuando nosotros llegamos al lugar de la recepción, las mesas se llenaron, comieron, disfrutaron. Al terminar, desocupaban la mesa y nuevamente se volvía a llenar con la gente que arribaba más tarde. Nunca ví una mesa vacía, en ningún momento alguien que esperara de pie por un asiento.

La gente sabe cuándo tiene qué llegar, a quienes se les sirve primero y el que no ayuda, no estorba o de plano ayuda en la cocina. La barbacoa, las aguas frescas, los tlacoyos de frijol y haba así como los nopalitos nunca faltaron en la boca de los comensales. Una interesante lección: organización.

Unas horas después el inmenso pastel hizo su aparición. Si acá en las bodas dan una raquítica ración de pastel, de esas que con un suspiro se terminan, bueno... acá no podía suceder eso y mucho menos con la cantidad de gente que esperaban. El inmenso pastel fue armado piso por piso en la mesa que destinaron para ello.
Poco a poco, los ayudantes del pastelero armaron los cuatro pisos del pastel coronándolo con una sencilla figura de azucar representativa de los novios. Lástima, era de guayaba con queso y no lo probé.
Para mi desgracia (o fortuna como quiera verlo), salir de Tepetla no es tan sencillo así que una alma caritativa se ofreció a llevarnos de regreso a la ciudad. Claro, teníamos qué respetar el horario que se había impuesto para la salida y por más que quisimos alargar nuestra estancia, ni al baile llegamos. Ni pastel, ni ramo, ni baile ni nada para mí en esta ocasión... Ya será para la siguiente.

Eso sí... A la otra me pido un taxi, me busco un chofer o de plano... me aguanto a que el sol acompañe mis pasos con tal de no perderme ningún detalle como me sucedió con ellos.

martes, 26 de mayo de 2009

Viajes espontáneos

Tenía ya varios días en casa, viendo la tele hasta hartarme, levantándome solo Dios sabe a qué hora y perdiendo la noción del tiempo mientras pudiera. Otros días estuve muy activa y resentía mi falta de sueño del día anterior pues otras actividades ocupaban la orden del día.

Ya traía la idea en la cabeza; un viaje inesperado, de esos a donde el destino me lleve o en su defecto, hasta donde me alcance con lo que traía en la cartera. Unas pláticas después en el messenger y mi destino quedó asentado: visitaría a la Diableca.

Me emocionaba corresponder a las tantas tardes (y desayunos) de café y libros que ella ha propiciado como encuentro, además iba a sus terruños a los cuales hacía varios años que no visitaba. Pensaba en qué tanto me rendiría el día para matar dos pájaros de un tiro, aunque preferiría matar sólo uno y disfrutar de su compañía.

Compré los boletos de autobús un día antes, escogí el ajuar que me parecía propio para la visita y para soportar el calor que se hacía sentir tanto en la capital como en el lugar a donde iba. En un abrir y cerrar de ojos, la medianoche me alcanzó. Dejé mis conversaciones nocturnas on line y decidí abrazar a Morfeo por lo menos un par de horas.

Al día siguiente salí temprano de casa, previo desayuno y con el corazón henchido de alegría por una nueva aventura.

Sabía que el viaje duraría poco más de 2 horas, talvez 3 y me fuí preparada para no aburrirme. En mi bolsa llevaba un ipod y un buen libro. No me gusta dormir en carretera, prefiero ver las películas durante el viaje o leer, en realidad lo que más me gusta es ir viendo el paisaje. Alguna vez me tocó ver lluvia en un lado de la carretera y del otro lado, el paisaje todo seco o la luna más grande que hubiera imaginado. Esas imágenes no las cambio por nada.

Llegué a mi destino una hora más temprano. El camión que tomé no salió de la acostumbrada central de autobuses sino de una nueva ubicada más cerca de mi casa así que la ruta fue diferente además de mi buena suerte, creo yo.

La Diableca todavía no estaba lista con la banda, las flores, los bombos y platillos para recibirme, sin embargo, después de unos pequeños ajustes coincidimos en el punto estratégico en el cual se daría nuestro encuentro.

Hicimos del día algo verdaderamente delicioso y no lo digo por las charlas y las risas. Ese día cociné, fuí su pinche y cito de ella: "Vaya calidad de pinche". Muy obediente yo, seguí sus instrucciones al pie de la letra y el resultado fueron unos Brownies bastante buenos, que fueron, además del postre, el cierre a nuestro día.

El tiempo, y mire que tratamos de hacerlo rendir, se fue volando. La lluvia comenzaba a caer y el taxista que me llevaba de vuelta a la central de autobuses me prometía llegar a tiempo pues estaba a 10 minutos de perder mi autobús.

Arribé a la estación con el tiempo suficiente para sentarme con calma. Degusté durante el camino de regreso el buen sabor de boca que la cocina, la charla y la amistad me dejaron... no cabe duda, son los mejores ingredientes para hacer de esta vida un verdadero manjar.

De vuelta en casa, busco en el calendario la fecha en que será agendada la siguiente visita. Mientras tanto, la receta de los brownies la volveré a poner en práctica.

Salud!

miércoles, 18 de marzo de 2009

Tepoztlán


La clase del viernes fue realmente un martirio. Después de dos semanas entre sueños, bromas, negociaciones, planes y demás, el reloj no estaba siendo cómplice con nosotros pues parecía alargar los minutos de tal forma que las ocho pm no marcaba.

De ahí, algunos despistados todavía no tomaban desición sobre el rumbo de sus pasos, se quedarían, se irían, en fin. La urgencia por llegar a casa y preparar maleta para todos era inminente.

Nuestra partida estaba planeada al amanecer. Después de todo, sería un fin de semana largo y los vacacionistas no se harían esperar. Preferimos salir al compás del sol para evitar tumultos y largas horas de espera en casetas y carreteras. Todo iba viento en popa.

Elamorquetengo se ofreció amablemente a acercarme al punto de reunión. Con unos minutos de retraso arribamos al lugar donde mis cómplices de aventura ya estaban dentro de la camioneta en la que partiríamos. A las 7 am. coincidimos con el resto del grupo en la primera caseta de nuestro recorrido.

Las pláticas de carretera son deliciosas, éramos seis a bordo y tres conversaciones diferentes. En un momento las voces se unificaban en una sola o hacía tremendo bullicio tratando de hacer que el interlocutor escuchara el mensaje. Traduciendo, si uno paraba bien la oreja, se enteraba del chisme del vecino.

Tepoztlán, Morelos es un pueblito cercano a la ciudad. En fin de semana el tianguis de artesanías, las tepoznieves y el cerro del Tepozteco nos invitan a pasear por las calles empedradas y los locales más ecuménicos del lugar. Desde fotos del aura, masajes shiatsú, bolsas y faldas hindúes hasta huaraches de suela de llanta, hacen del pueblo un lugar místico tanto por su variedad como por su gente.

Inclusive mitos como avistamentos ovnis y que la pirámide en la punta del cerro fue construída por extraterrestres, son motivos (o pretextos) perfectos para escaparse un par de días a este lugar y disfrutar del calor en el estado de la eterna primavera.

Llegamos a la Hospedería Benedictina (se llama así ya que sigue la filosofía de San Benito) a la hora señalada en el itinerario. El desayuno y la mesa puesta, el café de olla en su punto y los tamales fueron el menú del día. Entre saludos y risas, el calorcito de la mañana nos preparaba a la aventura.

Después de alimentar a nuestro hombre exterior venía el intelectual. La misión era recoger una entrevista. Él o la incauta debía ser un personaje del pueblo... mmm veamos, tepoznieves/nevero, restaurantes/mesero, mercado....¡tacos de cecina! ahhh y los famosos itacates, que no son otra cosa que gorditas triangulares rellenas de queso, cecina, pollo, etc. Ya tenía el lugar perfecto para mi entrevista... la quesadillera de mi elección.

Pero antes de darle mate a mi antojo, el cual estuvo restringido por un tiempo gracias a la tifoidea que pesqué, escuché a mi hospedadora contarme acerca de su experiencia de vida en Tepoztlán, la historia del lugar y poner marcha hacia la iglesia del centro siendo esta el segundo punto en la agenda para continuar con nuestro recorrido en el exconvento.

Con el sol en cenit, los pies cansados y muchísima hambre, debía tomar medidas extremas para llevar a cabo mi entrevista. ¿no tienen hambre?, pregunté. La respuesta fue más que obvia. El calor hacía estragos en nuestro andar, mi cabeza ya no hilaba ideas, mis pies se encargaban de transportar mi cansado ser hasta la silla más cercana al grupo mientras Joaquín, nuestro guía, nos relataba una leyenda de Tepoztlán.

¿Cómo era posible que nadie escuchara el sonido en mi vientre? Definitivamente no fue buena idea desayunar solo un tamal, de haber sabido que tardaríamos tanto en la visita, hubiera hecho mi itacate y no precisamente de masa. Por fin Paulin se dignó a hacerme segunda y al ver que nos enfilabamos al mercado, el resto del grupo siguió nuestros pasos.

Un comal grande, masa azul, unas manos presurosas atendiendo a los clientes, el olor de la carne cocinándose lentamente, las cazuelas de barro presumiendo su contenido a los ojos del visitante, del hambriento que pide asilo en el puesto donde las bancas de madera resultan un remanso a sus pies; la horchata fría que recorre la garganta aclarándola y dándole a los labios la frescura añorada, el limón dando el toque justo a la carne servida sobre esa tortilla caliente que despide un vapor que se pierde en el azul del cielo... Todo se conjuga para hacer de un taco de cecina, el manjar de los dioses.

Con tanta sabiduría emanada del fuego, mi ser estaba listo para cumplir la misión. Todo estaba a mi favor excepto la tecnología. La batería de la grabadora se terminó y el celular, aunque salió al quite para la última parte de la entrevista, perdió mucho del audio cuando mi compañera se dispuso a gritar a mi lado que le hicieran la cuenta de lo que había consumido.

Después de todo, la conseguí. Mi día estaba completo...Bueno, eso era lo que yo creía.

Mis compañeros de grupo decidieron ir a buscar a un hombre que tiene participación activa en las fiestas patronales de uno de los ocho barrios en que se divide Tepoztlán.

La dirección de su casa apuntaba a cuatro calles hacia arriba del centro. Al llegar al punto señalado nos informaron que no se encontraba y al platicar salió la dirección de otra persona quien se dedica a elaborar máscaras de Chinelos, el traje típico de la región. Decidimos ir a buscarle. Conforme avanzamos, el rumbo se volvía más humilde. Definitivamente lo atractivo para el turista es el primer cuadro del pueblo.

Al llegar a una esquina, tres de mis compañeros se adelantaron a buscar al artesano, wamba y yo decidimos esperarlos mientras confirmaban el domicilio. De pronto se escuchó un ladrido. Citlalli gritó al mismo tiempo que wamba le avisaba del perro. Ni tarda ni perezosa, Citlalli corrió mientras wamba me gritaba ¡córrele...! Nunca vimos al perro pasar ni a Citlalli correr. Nos dimos vuelta en la primera calle que vimos creyendo estar a salvo de una mordida.

Wamba recuperaba el aliento mientras yo veía a otro perro parado frente a nosotras que alzaba su cabeza pues le habíamos espantado con nuestra carrera. Temiendo una segunda corretiza, le pedí a mi compañera que saliéramos de allí con cuidado. Caminamos y todavía con el corazón en la mano, esperamos a que se nos uniera el resto del equipo.

Las risas estallaron al comentar la experiencia. A nosotras no nos correteó nadie, corrimos por instinto. De hecho, el perro le ladró a un chico que pasaba por allí. Puro miedo nomás.
Ya de regreso a la hospedería, y después de buscar al hombre, entrevistarlo y parar un rato en el kiosko del centro, Citlalli, wamba y yo caminabamos por una calle en la cual de pronto escuchamos un ruido extraño. Yo grité y mis compañeras también. Después de la experiencia de ese día, traíamos los nervios de punta. Un par de jovencitos nos pasaron y al ver nuestra cara de susto, se burlaron. Eso de ser temerosas, no nos dejó nada bueno ese día.

Para el día siguiente habíamos planeado una visita a los corredores de viento y a las pinturas rupestres. Nuevamente la desmañanada. Joaquín pasó puntual por el grupo y a las 7 ya estábamos comenzando la segunda parte de la jornada.

El Tepozteco ha cambiado, el INAH ha hecho modificaciones de tal forma que al pie del cerro se hallan escalones de piedra restándole aventura al terreno marcado para subir hasta la pirámide.

Ese día nuestro objetivo se hallaba en el cerro conjunto. Dejamos los escalones y nos colamos entre la maleza. Poco a poco un sendero nos abrió paso a las pinturas. Una de ellas habla de un brujo, realmente parece un dibujo de un niño de cinco años, pero los expertos dicen que no, que sí es genuino.

Para los más intrépidos, así lo dijo Joaquín, los corredores de viento esperaban por nosotros. Una subida difícil en terreno escarpado y una vista incomparable del pueblo, fue la recompensa a nuestro esfuerzo durante más de media hora.

Las fotos por aquí y por allá no se hicieron esperar. Tenía miedo que durante el trayecto se me cayera la cámara o le entrara tierra. Opté por tomar la correa con mis dientes para asegurarme de tener las manos libres pues en caso de una caída sufriría el menor daño posible.

El sonido del celular de mi compañero rompió con el entorno. Una llamada nos avisaba que las menos intrépidas estaban desayunando quesadillas y, preocupadas por el tiempo programado para nuestro regreso, querían saber si tardaríamos mucho. La experiencia se acabó.

Después de arreglar maletas y despedirnos de nuestros hospedadores regresamos a la ciudad. Sin tráfico y todavía gozando del puente largo.

La tercera salida del grupo llegó con mucho trabajo de por medio, sin embargo nos regaló una nueva visión de un lugar por muchos conocido y sobretodo una experiencia más para relatar.

martes, 3 de marzo de 2009

Coyoacán

Venir a Coyoacán es imaginarnos una nieve, un café y un elote... Con esa frase y el calor de un sábado por la mañana comenzaba nuestra aventura.

Todavía traía estragos de la enfermedad, me seguía mareando y me dolía constantemente la cabeza. No hay de otra, tengo que hacer un reportaje de esto y ni modo que por un mareo deje pasar la visita. Creo que tomé una acertada decisión. La otra cara de Coyoacán que conocí me sorprendió enormemente.

Casi estábamos todos reunidos, faltaban un par de cómplices quienes poco a poco se fueron anexando a la media luna de grabadoras que fuimos formando.

A pesar de las remodelaciones, se sigue sintiendo el espíritu de la calle, del trajín de las bicicletas, de la gente y la risa provocada por los mimos, el olor del algodón de azúcar.

Era muy temprano todavía, el lugar comenzaba a despertar. Algunos comerciantes abrían sus carritos ambulantes. Un Turibús se estacionó justo frente a nosotros mientras nuestra guía nos explicaba acerca del palacio de Cortés. Donde nunca vivió y tampoco era de él. Curiosidades históricas.

Al terminar el recorrido por la iglesia nos esperaba la Casa Azul. Ese lugar puede estar lleno de arte, de buenas cosas pero en realidad alberga la más triste de las historias. Una llena de dolor del alma, del cuerpo. Cicatrices que quedaron indelebles en el tiempo, en el espacio mismo, en ese hogar.

La explicación fue corta. Las palabras sonaban huecas, el azul neutralizaba el escenario entre voz y vida, recuerdos.


Al salir de allí, el aroma de la comida del mercado invadía nuestro olfato. Vamos a quedarnos aquí, Pily yo te invito un par de quecas!! Mi querida profesora ni la burla perdona, resulta que yo anduve malita y previniendo cualquier otro tipo de ataque gástrico, me abstuve de comer cosas en la calle... y con lo que se me antojaban las tostadas... Ah!!! Pero me he de desquitar. Ya tendré chance de volver exclusivamente al mercado.

Para cerrar con broche de oro nuestra visita, una larga caminata por las calles empedradas aledañas al centro de Coyoacán aminoraron la marcha para disfrutar de la tarde y el viento fresco que comenzaba a sentirse.

Vicky me decía cuánto le gustaba esa zona de la ciudad y yo entendía el por qué... Mucha calma, mucha paz y mucho intelectual. Concluímos que para vivir allí tendríamos que trabajar de sirvientas en una casa de esas o de plano, buscar quién nos heredara una propiedad.

La lluvia amenazaba con alcanzar a nuestro grupo. La visita terminó a la altura de los viveros de Coyoacán. Pasos más, pasos menos. Una despedida fugaz... ya empezaba a escucharse una propuesta para comer en el mercado y antes de que sucumbiera a la tentación emprendí la graciosa huída.


jueves, 5 de febrero de 2009

Templo Mayor, Catedral y Palacio Nacional.

Para la primera visita en el programa había que levantarse temprano. Desde un día antes comenzaban los preparativos: cargar las pilas…check, seleccionar un cómodo ajuar…check, poner la alarma a una hora digamos necesaria para llegar a tiempo…check. Todo listo. Al día siguiente comenzaba la aventura.

El reloj sonó y muy a mi pesar (mis cobijas reclamaban mi presencia) me levanté. Salí corriendo, pensé que no llegaría a la hora acordada; afortunadamente en fin de semana el tráfico de la ciudad parece dormir hasta tarde.

Cuando me encontraba caminando a un costado de la Catedral, el frío de la mañana se dejó sentir . Mi vista buscaba a los cómplices de la travesía. De pronto Paola hizo su aparición. Caminé tras de ella hasta el lugar de la cita. Ya éramos varios a esa hora de la “madrugada”.

El grupo se fue completando poco a poco. Quién iba a pensar que un día antes nos habíamos visto cuando nos saludábamos como amigos de antaño.

Armados con cámara, grabadora, cuaderno y espíritu turista nos presentamos ante nuestro guía al cual un accidente le estaba cobrando un mal rato y pidió fuéramos pacientes pues su pierna todavía estaba en recuperación. Mejor, pensé. No me gustaría que no hubiera tiempo para preguntas, una buena explicación y por supuesto, la sesión de fotos.

Por ser la primera salida me sentí obligada a tomar nota de todo aquello que se dijera. Ni un detalle, fecha, evento, etc. debía pasar desapercibida. No obstante, mi yo interior no se sentía a gusto con esa idea.

La visita comenzó en el Templo Mayor. Mi fiel cámara comenzó a grabar cada palabra emitida por el guía, las preguntas de mis acompañantes, las risas, las campanas de Catedral... Y yo queriendo retener todo lo anterior, me sentí fuera de lugar. Siempre he pensado que hay que aprender a escuchar y aprehender lo dicho. Eso de apuntar y grabar audios no es para mí. Decidí apagar la cámara, dejé a un lado el cuaderno y la pluma. De aquí pal real, lo que se quedó se quedó.

Debo confesar, y esto es algo que no me enorgullece, no conocía el Templo Mayor. Para una estudiante en especialización turística puede traducirse como pecado mortal. ¡Pero si vive usted en la capital señorita! Sí, lo sé. Y créanme, con esa visita he desempolvado los libros de historia. Hubo muchos datos que ya no recordaba y que, obvio, me hicieron sentir la más empolvada del grupo. Bueno, hasta que alguien por ahí también me dijo que haría lo propio.

Palacio Nacional fue la segunda parada. Únicamente los murales y la historia del recinto fue tema de nuestro guía. Allí sí conocía la historia, supe identificar los estadios de cada mural. Ya era demasiado si no me acordaba del nombre del autor.

Ya con el sol de medio día, con hambre (porque el café que nos tomamos antes de iniciar el recorrido ya estaba más que digerido) y a punto de flaquear, llegamos a Catedral. La visita estuvo muy interesante, lo malo fue que no subimos al campanario ni visitamos los nichos; hubiese sido una gran experiencia: un buen orador y un magnífico recinto.

Nuestro último lugar a visitar fue el Museo del Estanquillo. Ya había leído que se presentaba la exposición “Te pareces tanto a mí” en donde se aborda la evolución del retrato como género artístico entre los siglos XIX y XX. Me sorprendió la cantidad de piezas mostradas en la colección.

Al llegar, el aire acondicionado apaciguó nuestro calor. Aunque el lugar es pequeño, y con unos agregados culturales que se fueron integrando al grupo a lo largo del recorrido en el lugar, pudimos ver la exposición de forma rápida y concisa invitándonos a visitarla una vez más para contemplar cada pieza exhibida con calma. Nuestra guía, quien debía apresurar la visita por cuestiones ajenas a nosotros, trató de llevarnos de la mano a través de los 3 pisos que integran el museo. Con todo y todo, disfrutamos y bromeamos al terminar el recorrido.

Como lo hicimos en los otros lugares visitados, la terraza del museo fue el marco final para la última toma del día al lado de la cumpleañera, profesoras, invitados y compañeros.

No puedo negarlo, la química es buena y la compañía muy agradable. Esta es la primera, están programadas seis y ruego al tiempo que vuele para experimentar de nueva cuenta.