lunes, 26 de junio de 2017

La clase de Matemá-Tri-cas

La copa confederaciones está transmitiéndose en la televisión. Hace un par de días, mientras se jugaba el partido entre México y Nueva Zelanda, recordé mis días de secundaria y las ansias de seguir a mi selección. 

Como hace unos cuantos años ya de esto, no recuerdo bien si se jugaba un mundial o la misma copa, lo que sí recuerdo son las estrategias que mis compañeros y yo usábamos para estar al pendiente de los partidos de futbol.

Eran todavía años sin celular ni tabletas, vaya, no era la Edad de Piedra. Para ubicarnos en el tiempo los discman estaban de moda. ¿Ven? Aún soy muy joven. 

Recuerdo muy bien ese día, la selección mexicana jugaba por ahí de las diez de la mañana. Nosotros en clase de matemáticas y con la maestra más exigente de todas, o por lo menos eso nos hacía creer. Siempre con el carácter duro, el ceño rígido y sus gises de colores para explicar las ecuaciones de segundo grado. 

Miss, ¿podemos pedir la sala de audiovisuales para ver el partido? ¿Nos da chance de verlo en su clase? Fueron las plegarias de nosotros, muchachos con mucha fe y un rotundo NO como respuesta. ¡Ándele, Miss no sea malita! De nuevo la negativa y ahora con la amenaza de un punto menos si seguíamos insistiendo.

Miss 1- alumnos 0

¡Ah! Pero alguien por ahí sacó un radio portátil y se puso un audífono blanco. Sintonizó la estación y todo iba bien. Levantó el pulgar a sus amigos y en un segundo todo el salón ya sabía que tendríamos reseña a señas. 

La clase continuaba, X despejaba a Y mientras Luis García hacía un tiro de media distancia. El problema fue, cuando al cobrar el disparo, el grito ahogado de mi compañero, y su evidente audífono blanco, lo descubrían ante la maestra y le quitaron el radio. 

Y nos fuimos al medio tiempo. 

En la última fila del salón se planeaban las estrategias para la segunda parte del partido. Una tele portátil sin sonido parecía nuestra salvación pero se quedó sin batería. 

De pronto, el jugador estrella logró esconder un audífono negro entre la manga de su suéter. Recargó su cabeza a modo de gesto aburrido sobre su mano izquierda, tapando el cable y devolviéndonos la esperanza del partido. 

Miss 1 - alumnos 1. Se empieza a calentar el asunto. 

Ya con el pizarrón lleno de colores y resueltas Dios sabe cuántas incógnitas, la Miss nos daba la espalda, enfrascada en terminar el último problema que encontró en el Baldor. 

De pronto el jugador estrella se pone nervioso y hace un ademán. Todo el salón reacciona atento al movimiento. Marcaron penal. 

La maestra algo sospechó y volteó hacia el grupo examinándonos uno a uno, tratando de descubrir lo que tramábamos. Nada vio y continuó con lo suyo. 

Y fue en ese momento cuando el portero no adivinó la trayectoria del balón y entró a la portería hasta donde las arañas hacen su nido.

Nuestro compañero alzó las manos con los puños cerrados, cerró los ojos y musitó "gol".

La alegría inmensa de todo el salón imitó el movimiento. El espacio se llenó de alegría a señas y brazos agitados por la emoción.

Como en cámara lenta, repitiendo la jugada, la Miss giró su cabeza y todos estábamos con los brazos abajo y miradas atentas al pizarrón. Nunca se dio cuenta de la celebración. 

El silbato marcó el final del partido y la clase de matemáticas. Cuando la maestra abandonó el salón, gritamos de alegría y saltamos al grito de ¡México, México! 

Miss 1-alumnos 2. 

Ese marcador nos supo a gloria. Claro, tanto escándalo regresó a la maestra y nos calló, pero el sabor a victoria ya inundaba nuestro paladar. ¡Benditas travesuras!

Desafortunadamente yo no terminé de ver el partido entre México y Nueva Zelanda, horas después celebré el triunfo de los mexicanos en Rusia.

Eso sí, las risas que me evocaron los recuerdos de mi infancia la sigo disfrutando hasta el día de hoy. Que viva el futbol.





miércoles, 23 de noviembre de 2016

Del transporte público y sus usuarios

Por fin se desocupa un lugar y pido permiso para sentarme. La chica que ocupa el primer asiento me pregunta hasta dónde voy. ¿Importa? Necesito sentarme, el camión avanza rápido y en cualquier momento frenará de sopetón. 


Contesto a su pregunta y duda en cederme el primer asiento o el que está junto a la ventana. Opta por recorrerse y saca su lápiz negro para delinearse los ojos. 


El resto del camino trata de terminar con su maquillaje, tarea nada fácil y menos porque el sol le da en la cara. 


Cuando ve cercana mi parada, siento su mirada como preguntando a qué hora me voy a bajar. 


Al levantarme del asiento se recorre a mi lugar. De nuevo el maquillaje ahora sí, sin sol que la moleste. 


En esta tribu urbana cada día me sorprendo con nuevos especímenes, nuevas actitudes ridículas e indolentes. Lo normal pareciera ser lo extraño, y cada vez veo más al transporte público como una extensión de la casa. Ya no me sorprendo cuando veo a la gente desayunando, peinándose, maquillándose. Me sorprenderé el día que no lo vea. Ese día comenzará el Apocalipsis.



lunes, 29 de agosto de 2016

En el metro

Hoy me he levantado sin ganas, mirando el despertador esperando que faltarán por lo menos dos horas más antes de poner un pie en el piso. 

Lo que sospechaba, ese parpadeo me había costado cinco minutos más de lo previsto. Un desayuno rápido y a correr para llegar a tiempo. 

Conozco los caprichos de esta ciudad: el tráfico, la prisa, la impaciencia al asomar la cabeza esperando por el convoy naranja que aparezca por el túnel, los minutos corriendo y el metro totalmente detenido. Aun así esta ciudad y su gente me siguen sorprendiendo y no precisamente de buena manera. 

Hoy las cosas son diferentes, llevo un pasajero en mi vientre y saca de mí la mejor estrategia para protegerlo del río de gente que se agolpa en el andén mientras yo intento abordar el metro. 

Nada resulta, la gente no mira a su alrededor, solo se concentra en una cosa: apretar y apretar hasta conseguir un lugar aunque las puertas no se puedan cerrar, aunque desde adentro griten ¡ya no cabe!

Decido regresarme una estación y llegar a la base de nueva cuenta pero esta vez sentada, cuidando que mi pequeño pasajero no sea golpeado ni aplastado. Todo sale bien hasta que intento descender. Las mujeres pelean, se empujan, se molestan verbalmente. No hay respeto ni espacio para ejercerlo. 

Las puertas se abren y por mucho que espero para pasar nadie me deja y al contrario, el convoy se cierra y sigue su camino. Pienso, una estación más y me bajo. Ilusa de mí, tuve que planear otra ruta. 

No fue sino hasta la quinta estación que pude descender y en esa, aunque también eran muchísimas personas las que bajaban, la guerra desatada unas estaciones antes no se comparaba ni en lo más mínimo en este lugar. Con un poco más de civilidad la gente salía y entraba procurando no molestar ni molestarse. ¡Qué GRAN diferencia! 

En otro momento no me hubiera importado empujar, gritar, bolsearme a un par con tal de bajarme donde debí hacerlo siempre y cuando fuera necesario, pero para qué hacerlo si con ser civilizado basta, o por lo menos es lo que uno espera. Eso es algo que nadie entiende y que, al contrario, cree que con empujones todo se soluciona.

Después de dar vuelta y media a la ciudad en el metro, llegué una hora tarde a mi cita. Muy apenada entré al lugar y tomé asiento. 

Mañana repetiré la travesía. Solo espero que una hora más temprano marque la diferencia.